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20 julio 2026

Opinión | El segundo Mundial también empezó en Luis Aragonés

“No os perdáis nada. Porque si no sois vosotros, ¿quiénes? Si no es aquí, ¿dónde? Y si no es ahora, ¿cuándo? Disfrutad del momento porque sois vosotros, estáis aquí y ahora es cuándo”


Hay Mundiales que se ganan. Y hay Mundiales que te encuentran.

Este me ha encontrado mirando mucho más hacia atrás que hacia delante.

Mientras veía a España levantar la Copa del Mundo por segunda vez, mientras Ferran Torres marcaba ese gol en la prórroga que ya pertenece a la memoria del fútbol español, no pensaba únicamente en la selección de Luis de la Fuente. Pensaba en Johannesburgo. En el silencio previo al gol de Iniesta. En los abrazos. En las lágrimas. En la sensación de que acabábamos de vivir algo que jamás volveríamos a experimentar. 

Y, sin embargo, dieciséis años después ha vuelto a ocurrir.

No de la misma manera.

Porque nosotros tampoco somos los mismos.

El Mundial de 2010 lo viví con la despreocupación de quien cree que el tiempo es infinito. Hoy lo vivo sabiendo que no lo es. Aquellos partidos los vi con personas que siguen formando parte de mi vida y con otras que ya no están. Y cuando el árbitro pitó el final de esta final, comprendí que el fútbol tiene una capacidad extraordinaria: puede detener el tiempo durante noventa minutos, pero también es capaz de recordarte todo lo que ha pasado mientras él seguía corriendo.

Por eso este Mundial no me ha emocionado solo por el título.

Me ha emocionado por todo lo que representa.

Siempre he pensado que el verdadero origen de esta selección no está en un sistema de juego ni en una generación de futbolistas irrepetible.

Está en un hombre.

Luis Aragonés.

Hay entrenadores que ganan partidos.

Hay entrenadores que ganan títulos.

Y luego están aquellos que cambian la historia.

Luis pertenece a esa última categoría.

Porque antes de él España tenía talento. Siempre lo había tenido. Lo que no tenía era convencimiento. Parecía que existía una barrera invisible que aparecía en cada gran torneo. Jugábamos bien, ilusionábamos y, cuando llegaba el momento decisivo, encontrábamos una forma nueva de perder.

Luis decidió romper con todo aquello.

Lo hizo desde el conocimiento futbolístico, pero sobre todo desde la personalidad.

Fue valiente cuando casi nadie lo era.

Tomó decisiones que levantaron una enorme polémica porque entendía que el grupo siempre debía estar por encima del individuo. Apostó por una idea de fútbol cuando muchos seguían creyendo que España necesitaba parecerse a otros para competir.

Lo más importante que hizo Luis Aragonés no fue enseñar a jugar.

Fue enseñar a creer.

Y eso es infinitamente más difícil.

Por eso, cuando hoy veo levantar otra Copa del Mundo, siento que este éxito también le pertenece.

Porque las ideas no desaparecen cuando desaparecen las personas.

Las buenas ideas sobreviven.

Se transforman.

Evolucionan.

Pero nunca mueren.

Después llegó Vicente del Bosque, que supo cuidar aquel jardín sin cambiar su esencia. Y muchos años después apareció Luis de la Fuente.

Confieso que yo también tenía dudas.

No porque desconfiara de él.

Sino porque era imposible imaginar que otra generación pudiera acercarse siquiera a lo que vivimos entre 2008 y 2012.

Pero el fútbol siempre encuentra la forma de sorprenderte.

Creo que Luis de la Fuente tiene una virtud enorme que muchas veces pasa desapercibida porque no se mide con estadísticas.

Es un gestor extraordinario de personas.

Ha construido una selección en la que nadie parece sentirse más importante que el escudo.

No veo futbolistas reclamando protagonismo.

No veo gestos de ego.

Veo un grupo.

Y quizá esa sea la palabra que mejor define este Mundial.

Grupo.

Llegábamos rodeados de dudas.

Se decía que quizá faltaba un delantero decisivo.

Que si la juventud podía pesar.

Que si la presión de un Mundial era demasiado grande.

Y la respuesta del equipo nunca fue una declaración.

Fue competir.

España ha ganado este Mundial desde la solidaridad.

Desde el sacrificio.

Desde la disciplina.

Quizá no hemos sido tan vertiginosos como en otras etapas.

Quizá en determinados momentos hemos preferido controlar antes que acelerar.

Pero este equipo ha entendido algo fundamental: un Mundial no siempre lo gana quien juega más bonito.

Lo gana quien sabe sufrir.

Lo gana quien entiende cuándo atacar y cuándo protegerse.

Lo gana quien convierte el esfuerzo colectivo en una forma de jugar.

Y ahí aparecen los datos.

España solo ha recibido un gol en todo el campeonato.

Uno.

Nunca antes un campeón del mundo había conquistado el torneo con un registro defensivo semejante. Ese único tanto recibido convierte a esta selección en la más sólida que ha levantado una Copa del Mundo desde que existe la competición.

Ese dato explica muchas más cosas que cualquier debate sobre posesión o sistemas tácticos.

Porque defender también es una forma de atacar.

Porque correr hacia atrás también es talento.

Porque presionar juntos también es belleza.

Muchas veces hablamos del fútbol como si solo existieran los goles.

Pero los campeones suelen construirse mucho antes.

Se construyen cuando un extremo persigue a un lateral hasta su propia área.

Cuando un delantero acepta quedarse en el banquillo sin crear un problema.

Cuando un futbolista entiende que hoy le toca correr para que otro brille.

Eso también es jugar bien al fútbol.

Y esta España lo ha entendido mejor que nadie.

Mientras celebrábamos el título me vino a la cabeza una frase que Miguel Quintana repite muchas veces de maneras distintas: el fútbol nunca trata solo de fútbol.

Y creo que ahí reside toda su magia.

Porque cuando recordamos el Mundial de 2010 no pensamos únicamente en Iniesta.

Pensamos en quién nos abrazó.

En dónde vimos aquel partido.

En aquella camiseta que ya ni siquiera sabemos dónde está.

En aquel amigo al que dejamos de ver.

En ese abuelo que gritó el gol como un niño y que hoy solo puede aparecer en nuestros recuerdos.

El fútbol guarda memoria.

Quizá por eso emociona tanto.

No creo que exista una fotografía más bonita que la de un padre viendo un Mundial con un hijo.

Porque el padre está reviviendo el suyo.

Y el hijo está construyendo el primero.

Ahí es donde el tiempo se dobla.

Donde 2010 y 2026 dejan de estar separados por dieciséis años.

Porque el fútbol consigue algo extraordinario.

Hace que varias generaciones sientan exactamente lo mismo.

Este segundo Mundial no sustituye al primero.

Sería imposible.

Las primeras veces no tienen repetición.

El gol de Andrés Iniesta pertenece a ese lugar reservado para los momentos irrepetibles.

Pero este título tiene otro valor.

El valor de confirmar que aquello no fue un accidente.

Que España no ganó porque coincidieran una generación irrepetible y un momento perfecto.

España volvió a ganar porque aprendió hace mucho tiempo cómo debía competir.

Y eso también es un legado.

Cuando Ferran Torres marcó en la prórroga no pude evitar pensar en Iniesta.

Dos goles.

Dos finales.

Dos Mundiales.

Dos generaciones completamente diferentes unidas por una misma camiseta.

Quizá por eso entiendo tan bien a Robe Iniesta cuando escribe sobre el paso del tiempo, sobre la nostalgia o sobre esa extraña sensación de mirar atrás sin querer volver. Hay algo profundamente humano en aceptar que los mejores recuerdos no se repiten, pero que eso no les resta valor. Al contrario: los hace únicos.

Este Mundial no ha borrado 2010.

Lo ha acompañado.

Y eso me parece mucho más bonito.

No sé cuándo volveremos a ganar otro Mundial.

Tal vez dentro de cuatro años.

Tal vez dentro de veinte.

O quizá nunca.

Pero sí sé una cosa.

Cuando alguien recuerde esta selección hablará de Lamine Yamal, de Rodri, de Cubarsí, de Unai Simón, de Ferran Torres y de Luis de la Fuente.

Hablará del equipo que solo recibió un gol.

Hablará del grupo que entendió que el esfuerzo colectivo seguía siendo el camino más corto hacia la gloria.

Y espero que también recuerde a Luis Aragonés.

Porque antes de levantar trofeos hay que sembrar convicciones.

Antes de ganar finales hay que convencer a un país de que puede hacerlo.

Y eso fue exactamente lo que hizo él.

Por eso, mientras todos celebraban el segundo Mundial de España, yo no podía dejar de pensar que, en realidad, este título empezó mucho antes.

Empezó el día que un hombre decidió que España tenía que dejar de competir con miedo.

Porque las copas las levantan los futbolistas.

Pero los legados los construyen personas como Luis Aragonés.

Y los legados, por suerte, nunca dejan de jugar.



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