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25 septiembre 2026

Opinión | La sana normalidad

Hay algo extraño en todo esto. Y, precisamente por eso, resulta reconfortante.



El Sevilla vuelve a parecer un equipo de fútbol. Sin más. Sin necesidad de convertir cada partido en una revolución, cada fichaje en un acontecimiento histórico o cada decisión en una batalla de poder. Un equipo de fútbol que compite, que sabe a qué juega, que tiene futbolistas que todavía pueden crecer y un entrenador que, sobre todo, hace algo que en Nervión parecía haberse convertido en una rareza: hacer las cosas normales.

Y quizá ahí esté la gran noticia.

Los primeros pasos de esta nueva dirección deportiva apuntan a una idea diferente. No se trata de buscar nombres que llenen titulares, sino futbolistas. Jugadores que puedan aportar, que tengan recorrido, que lleguen con hambre y que encajen en una plantilla que necesita volver a construirse desde los cimientos. El Sevilla parece estar entendiendo que el mercado no consiste únicamente en fichar nombres, sino en encontrar piezas.

Eso también es recuperar una identidad.

La llegada de jóvenes con margen de crecimiento, futbolistas con capacidad competitiva y perfiles que pueden convertirse en importantes dentro de unos meses resulta mucho más interesante que cualquier colección de cromos. El club necesita volver a acertar en la planificación. Y para eso hace falta una dirección deportiva que mire al campo antes que al ruido de alrededor.

También el banquillo transmite otra sensación.

Luis García Plaza no ha llegado prometiendo imposibles. Ha llegado hablando de trabajo, de competir, de mejorar. Y eso, después de tantos bandazos, tiene un valor enorme. El entrenador parece disponer de algo que durante demasiado tiempo se echó en falta: recursos para modificar los partidos, alternativas y un fondo de armario que le permite pensar en más de once futbolistas.

No significa que el Sevilla tenga ya una plantilla perfecta. Ni mucho menos. Significa que empieza a parecer una plantilla.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

El equipo está demostrando, además, que puede competir desde la organización, la intensidad y la solidaridad. El propio Sevilla ha destacado la solidez defensiva como una de las claves de este inicio, mientras que García Plaza insiste en una idea sencilla: el equipo debe dejarse la vida en el campo.

Eso es fútbol.

Mientras tanto, arriba, abajo y alrededor del césped sigue existiendo ese otro Sevilla. El institucional. El de los consejos, los accionistas, las disputas y los asuntos que llevan demasiado tiempo ocupando un espacio que debería pertenecer al balón. Pero quizá haya una enseñanza en lo que está sucediendo: el fútbol puede empezar a recuperar su sitio incluso cuando la planta noble continúa viviendo sus propios episodios.

Y ahí aparece el gran protagonista de esta historia.

La afición.

Porque si hay algo que no ha cambiado es el sevillista. Puede estar cansado, puede haber perdido la paciencia, puede haber protestado y puede haber señalado a quienes considera responsables de los últimos años. Pero cuando el equipo se pone el mono de trabajo, la grada responde.

Y responde de verdad.

García Plaza lo resumió después del triunfo ante el Valencia al hablar de esa comunión entre equipo y grada: ganar o perder forma parte del fútbol, pero la gente quiere ver que los jugadores se lo dejan todo.

Ahí está la clave.

La afición no necesita que le prometan otra época dorada. No necesita que le vendan una clasificación europea en septiembre. No necesita discursos grandilocuentes. Quiere reconocer a su equipo.

Quiere once futbolistas —y los que entren después— corriendo por el escudo. Quiere un equipo que compita. Quiere un entrenador que tome decisiones coherentes. Quiere fichajes que tengan sentido. Quiere una dirección deportiva que trabaje con criterio. Quiere que el fútbol vuelva a ser el centro.

Quiere, en definitiva, normalidad.

Y quizá sea esa la palabra más bonita que pueda escribirse ahora mismo alrededor del Sevilla.

Normalidad.

No euforia. No triunfalismo. No promesas.

Normalidad.

La de ganar cuando se puede, perder cuando toca, competir siempre y construir poco a poco. La de mirar al futuro sin olvidar los errores del pasado, pero sin vivir eternamente atrapados en ellos.

Después de años en los que todo parecía extraordinario —y casi siempre para mal—, que el Sevilla simplemente haga las cosas normales empieza a parecer algo extraordinario.

Que siga así.

Porque, esta vez, quizá la revolución que necesita el Sevilla sea precisamente dejar de vivir en revolución.

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