Hay decisiones arbitrales que pueden discutirse. Hay otras que cuesta directamente entender. Y la expulsión de Arouna Sangante en Cornellà pertenece, al menos desde la perspectiva sevillista, a esta segunda categoría.
Minuto 56. El Sevilla estaba compitiendo, el partido seguía abierto y el equipo de Luis García Plaza tenía el encuentro donde quería. Roberto Fernández recibe un balón al espacio y parece ganar la carrera, pero Sangante no se rinde. El central se lanza al suelo, llega a la acción y toca primero la pelota antes de que se produzca el contacto posterior con el delantero del Espanyol.
¿Falta? Se puede discutir.
¿Una entrada que podía ser sancionada? También.
¿Roja directa? Ahí es donde resulta muy difícil estar de acuerdo.
Porque una cosa es entrar con temeridad y otra muy distinta es que cualquier contacto después de tocar limpiamente el balón se convierta automáticamente en una expulsión. Sangante no parece buscar derribar a Roberto Fernández. Su acción está orientada a cortar la jugada y, de hecho, consigue tocar el balón antes del contacto. La caída posterior del atacante termina condicionando una decisión que cambió por completo el partido.
Y lo más preocupante no es únicamente la decisión de Sesma Espinosa. Los árbitros pueden equivocarse. Lo verdaderamente difícil de justificar es que el VAR no interviniera en una jugada tan determinante.
El Sevilla se quedó con diez jugadores durante más de cuarenta minutos por una acción que, como mínimo, merecía una revisión. Más aún cuando las imágenes permiten apreciar que Sangante toca el balón antes del contacto.
El contraste resulta todavía más llamativo. Poco después, el propio VAR sí intervino para revisar y anular un gol del Espanyol por fuera de juego posicional de Marcos Fernández. Es decir, el videoarbitraje sí tuvo capacidad para entrar en una jugada relevante del encuentro, pero no consideró necesario revisar la expulsión que había dejado al Sevilla en inferioridad.
Y ahí aparece la gran pregunta: ¿para qué queremos el VAR si no se utiliza precisamente en las jugadas que pueden cambiar un partido?
El Sevilla tuvo que jugar con diez, resistir en Cornellà y rehacer completamente su planteamiento. Y lo hizo. Con un hombre menos, el equipo encontró incluso el premio del 0-1 gracias a Lucas Stassin en el tramo final. El empate del Espanyol llegó en el descuento, en el minuto 98, cuando Marcos Fernández aprovechó una segunda jugada después de un remate al larguero.
Eso hace que la expulsión de Sangante duela todavía más.
Porque no estamos hablando de una anécdota. Estamos hablando de una decisión que condicionó más de media hora de partido y obligó al Sevilla a defender con diez cuando todavía quedaba muchísimo por jugar.
Sangante, además, estaba realizando un buen encuentro y estaba cumpliendo precisamente con aquello que se le exige a un central: anticiparse, corregir y evitar que el delantero llegue al área con ventaja. Su acción pudo ser aparatosa, pero aparatoso no significa necesariamente expulsión.
El fútbol moderno parece haber llegado a un punto en el que muchas veces se juzga más el impacto visual de una entrada que la propia acción. Una caída espectacular, una entrada al límite o un contacto después de jugar el balón pueden terminar pesando más que el hecho esencial: quién toca la pelota primero y qué intención tiene el defensor.
Y en Cornellà, ese matiz fue decisivo.
El Sevilla no perdió el partido. Incluso estuvo a punto de ganarlo. Pero eso no convierte la expulsión en correcta. Al contrario: el hecho de que el equipo fuera capaz de competir con diez durante tanto tiempo demuestra hasta qué punto tuvo que sobreponerse a una circunstancia que no debería haber existido.
La roja a Sangante fue, como mínimo, excesiva. Y que el VAR no invitara al árbitro a revisar la jugada resulta todavía más difícil de comprender.
El Sevilla se dejó dos puntos en el descuento. Pero antes de lamentar ese empate, hay que recordar dónde empezó a torcerse el partido: en una tarjeta roja que, viendo la jugada una y otra vez, parece mucho más difícil de defender que de cuestionar.
Cornellà no debería ser recordado por un empate.
Debería ser recordado por una pregunta que seguirá en el aire:
¿Cómo puede ser roja una acción en la que el defensor toca primero el balón?
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