El Sevilla FC atraviesa una racha de decisiones arbitrales que, vistas en conjunto, resultan llamativas por su reiteración y por el sentido casi siempre adverso. Lo ocurrido este domingo en Getafe no es un episodio aislado: es el último eslabón de una cadena de interpretaciones que llevan semanas erosionando la confianza del club en el colectivo arbitral.

La lista es elocuente. En el Bernabéu se perdonó una posible expulsión a Arda Güler, se señaló un penalti a favor de Mbappé de dudosa claridad y se ignoró una falta previa de Konaté sobre Robbie Ure que el propio CTA terminó admitiendo que debió pitarse. Días después, en el Sánchez-Pizjuán, Catena le destrozó la bota a Isaac Romero con una entrada que merería la segunda amarilla; el árbitro, lejos de actuar, se alejó de la zona. Ante el Levante se añadieron 13 minutos y se expulsó a Isaac por un gesto. Contra el Barcelona se interrumpió una clara ocasión de Félix para atender a un jugador visitante. Y en Getafe se produjo la escena más desconcertante: el asistente levanta el banderín, varios sevillistas se detienen, el colegiado no pita, el gol entra y el VAR valida la jugada porque el contacto “no es suficiente”.
No se trata de errores puntuales inevitables en un deporte de interpretaciones. Se trata de un patrón de decisiones límite, de intervenciones del VAR cuando conviene y de inacciones cuando no, que coinciden demasiado a menudo en el mismo sentido.
Luis García Plaza lo ha dicho con claridad: “decisiones muy raras”. Y lo son. Porque no solo se discute si hubo o no falta; se discute la coherencia del criterio. El mismo sistema que corrige con rigor ciertas acciones deja pasar otras de gravedad similar o mayor cuando el perjudicado es el Sevilla. El resultado es que el equipo no solo debe superar al rival, sino también a un arbitraje que parece experimentar con el límite de lo tolerable.
Nadie puede atribuir en exclusiva los malos resultados a los colegiados. El Sevilla ha tenido errores propios, especialmente en las segundas partes. Pero tampoco se puede seguir pretendiendo que la acumulación de estas decisiones sea casual o inocua. Cuando un club ve cómo se le niegan expulsiones evidentes, se le añaden tiempos excesivos en contra, se validan goles después de banderines levantados y se ignoran entradas que rompen botas, la sospecha deja de ser paranoia y se convierte en una lectura razonable de los hechos.
En las primeras jornadas de La Liga, el Sevilla FC sufrió decisiones arbitrales controvertidas como los nueve minutos de descuento ante el Espanyol que permitieron el empate en el minuto 98, y la interrupción del juego ante el Barcelona cuando Félix Correia tenía una ocasión clara de gol con el marcador en contra 1-2.
Posteriormente, en el partido contra el Levante se añadieron 13 minutos de prolongación y se expulsó a Isaac por un gesto hacia la grada, mientras que frente al Real Madrid se perdonó una posible expulsión a Güler, se señaló un penalti inexistente a Mbappé y se ignoró una falta previa.
En los encuentros ante Osasuna y Getafe destacaron la falta de expulsión por una dura entrada de Catena que dañó la bota de Isaac y la desautorización del VAR al árbitro y linier en una falta con contacto, sumando en total seis decisiones en contra frente a solo una a favor en lo que va de temporada.
El CTA ha reconocido algunos errores. Eso es positivo. Pero insuficiente. Mientras el criterio siga siendo tan desigual y las explicaciones tan opacas, el Sevilla seguirá sintiendo que juega con un handicap añadido. Y el aficionado, con razón, se preguntará hasta cuándo se tolerará que el arbitraje condicione de forma tan reiterada el destino de un equipo.
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