Durante años, la cantera del Sevilla FC fue vista como un complemento, una fuente ocasional de talento para el primer equipo o una vía para generar ingresos. Pero esta temporada, y también en varias de las anteriores, los jóvenes de la casa han dejado de ser un recurso secundario para convertirse en una necesidad. En medio de una crisis deportiva, económica e institucional, la cantera ha aparecido como el único lugar donde todavía parece existir algo de identidad, compromiso y esperanza.
El Sevilla de los grandes fichajes, de las noches europeas y de la abundancia económica queda hoy muy lejos, para no decir en el olvido. La mala planificación deportiva, las ventas obligadas y los errores de gestión han llevado al club a una situación límite y en eso estamos todos de acuerdo. Y es precisamente en esa ruina donde han aparecido los chicos de la cantera. No porque el club apostara decididamente por ellos desde la estabilidad, sino porque no quedaba otra opción. Han sido hijos de la necesidad, de la urgencia y de la decadencia de un proyecto que dejó de mirar al futuro hace tiempo.
Sin embargo, hay algo profundamente valioso en todo esto. Mientras muchos futbolistas llegaban sin entender el peso del escudo o la exigencia del Sánchez-Pizjuán, los canteranos sí parecían comprenderlo. Han salido al campo con errores propios de la juventud, claro, pero también con una implicación que muchas veces faltó en jugadores mucho más experimentados. En una plantilla rota emocionalmente, ellos han aportado orgullo y sentido de pertenencia.
No es casualidad que la afición conecte más fácilmente con un jugador criado en la carretera de Utrera, en el caso de Castrín no hace falta que haya estado desde chico en la cantera, que con fichajes millonarios que duran una temporada. La cantera representa algo más que fútbol: representa identidad. Y en tiempos de crisis, la identidad vale más que cualquier promesa de mercado. El sevillismo necesita reconocerse en algo, y ahora mismo se reconoce más en esos jóvenes que sienten el club desde pequeños que en una dirección deportiva incapaz de construir un proyecto sólido.
También sería injusto romantizar la situación. Que la cantera tenga tanto protagonismo no nace únicamente de una apuesta valiente, sino del fracaso de quienes dirigieron el club en los últimos años. Los jóvenes no deberían cargar con la responsabilidad de salvar al Sevilla prácticamente solos. Necesitan estructura, estabilidad y un entorno competitivo sano para crecer sin quemarse antes de tiempo.
Esta temporada ha sido la viva demostración de todo lo comentado, si se le pregunta al sevillista que quién ha sido el mejor jugador de la temporada ocho de cada diez te diría Kike Salas. El zaguero ha llevado al equipo en la zona tranquila y teniendo a su lado a Castrín, un jugador que el año pasado fichó por el Sevilla Atlético desde el Lugo y que tras su gol ante el Espanyol estaba llorando dando sin duda, la imagen de la temporada en clave sevillista.
Hay que mencionar obviamente la irrupción de Oso que ha estado en las sombras de la cantera durante varios años y que ha demostrado su desparpajo desde primer minuto. Estamos todos de acuerdo que Almeyda no lo valoró y esa racha dictó sentencia de su continuidad técnica para que después Oso le diese las alas a soñar al equipo dirigido por Luis García Plaza.
Por último, Carmona, Isaac y Manu Bueno han dado todo de sí para mantener al equipo fuera de la zona roja. Pese a que el protagonismo de Manu fue fugaz, la importancia emocional de cada uno se ve en cada imagen y video a lo largo de la temporada.
Aun todo lo explicado, quizás esta crisis deje una enseñanza importante. Tal vez el Sevilla deba dejar de mirar constantemente fuera para recordar que muchas veces lo más valioso ya lo tiene dentro. Porque cuando todo se derrumba, cuando desaparecen el dinero, los resultados y las certezas, lo único que queda son los que sienten el escudo como propio. Los hijos de la ruina.
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