El Sevilla de Luis García Plaza ha encontrado resultados, identidad y una conexión renovada con su afición. Seis jornadas después, el equipo invita a ilusionarse, aunque el camino acaba de comenzar
Hay momentos en una temporada en los que los resultados cuentan más de lo que dicen los números.
El Sevilla acaba de ganar en Riazor. Es la cuarta victoria en las seis primeras jornadas de Liga. Son 13 puntos de 18 posibles. El equipo se ha instalado en la parte alta de la clasificación y ha dejado por el camino triunfos de enorme valor, como el conseguido en San Mamés, además de victorias ante Rayo Vallecano y Valencia. La única derrota liguera llegó frente al Atlético de Madrid y el empate ante el Espanyol completó un comienzo que, a estas alturas, permite mirar la clasificación con una sonrisa.
Pero quizá lo más importante no esté en la tabla.
Está en las sensaciones.
Porque este Sevilla transmite algo que durante demasiado tiempo pareció perdido: la sensación de que existe un camino.
Todavía no se sabe dónde conduce. Queda una cantidad enorme de partidos, habrá lesiones, malos momentos, derrotas, decisiones difíciles y semanas en las que el balón no quiera entrar. Nadie puede saber hoy hasta dónde llegará este equipo.
Pero sí se puede empezar a reconocer una identidad.
Y eso, en Nervión, tiene un valor extraordinario.
Los resultados como punto de partida, no como destino
Conviene empezar por lo evidente.
El Sevilla suma 13 puntos después de seis jornadas y se ha colocado en una posición que hace unos meses habría parecido difícil de imaginar. La victoria de Riazor, además, tuvo un componente especial: el conjunto de Luis García Plaza consiguió derrotar a un Deportivo que todavía no había perdido y lo hizo desde el control, la organización y la paciencia.
Miguel Sierra, jugador con presencia en el filial, terminó marcando el único gol del encuentro.
Otra imagen que resume muchas de las cosas que están sucediendo.
Un equipo nuevo.
Una plantilla rejuvenecida.
Un futbolista joven apareciendo cuando se le necesita.
Y un entrenador que insiste en que todavía queda muchísimo trabajo.
El propio Luis García Plaza, después de la victoria, quiso rebajar cualquier exceso de euforia. Con 13 puntos en el casillero, el técnico habló de mantener la humildad y seguir compitiendo con la misma exigencia.
Es probablemente el mensaje que mejor encaja con el momento actual.
Ilusionarse sí. Dar nada por conseguido, todavía no.
Un nuevo formato para volver a competir
El Sevilla no parece haber encontrado solamente una racha de resultados.
Está encontrando una manera de jugar.
El equipo de Luis García Plaza está construyendo sus partidos desde una idea reconocible: orden, concentración, solidaridad, capacidad para defender juntos y una creciente capacidad para manejar la pelota.
En Riazor volvió a verse.
El Sevilla no necesitó convertir el partido en un intercambio de golpes. Supo esperar, controlar y aprovechar su oportunidad. Después defendió su ventaja con madurez.
Eso también es fútbol.
Y, en determinados momentos de una temporada, puede ser incluso más importante que jugar bien durante determinados tramos.
El entrenador está consiguiendo que el equipo entienda que competir no significa únicamente atacar. También significa saber cuándo acelerar, cuándo protegerse, cuándo tener el balón y cuándo sufrir.
Ese cambio de mentalidad es una de las principales noticias de este comienzo.
El mercado como punto de inflexión
Para entender este Sevilla hay que mirar también al verano.
El club afrontó un mercado en el que necesitaba algo más que incorporar futbolistas. Necesitaba reconstruir una plantilla que venía de temporadas complicadas y cambiar dinámicas.
El Sevilla cerró el mercado con una profunda renovación de su grupo, con numerosas incorporaciones y una apuesta evidente por modificar el perfil de la plantilla.
Y ahí estaba uno de los grandes interrogantes.
Una cosa es fichar.
Otra, mucho más difícil, es construir un equipo.
Los nombres pueden generar expectativas durante el verano, pero después llega septiembre y empieza la verdadera prueba: convivir, competir, aceptar roles, asumir suplencias, celebrar el éxito del compañero y entender que el escudo está por encima de cada situación individual.
Ese proceso parece estar empezando a producirse.
Y quizá sea una de las razones por las que el Sevilla está transmitiendo algo diferente.
Una familia que todavía se está construyendo
Hay una palabra que empieza a aparecer alrededor de este Sevilla: familia.
No como una etiqueta publicitaria ni como una frase de vestuario, sino como una sensación que se percibe sobre el terreno de juego.
Los futbolistas se ayudan.
Los jóvenes encuentran espacio.
Los jugadores con más experiencia asumen responsabilidades.
Y Luis García Plaza parece haber entendido que, antes de construir un gran equipo, necesita construir un grupo.
La llegada de tantos jugadores nuevos hacía especialmente importante ese trabajo.
El entrenador ha insistido desde su llegada en la necesidad de completar la plantilla y encontrar los perfiles adecuados, pero también en construir un equipo competitivo.
Ahora comienza a verse el resultado de ese proceso.
No significa que el vestuario esté completamente hecho.
Ni mucho menos.
Una temporada de fútbol somete a cualquier grupo a pruebas que no pueden reproducirse en una pretemporada: derrotas consecutivas, lesiones, jugadores que pierden protagonismo, decisiones arbitrales, presión, cansancio, problemas personales.
La verdadera fortaleza de esta familia se conocerá cuando lleguen esos momentos.
Pero el punto de partida parece saludable.
Y eso también es una victoria.
La juventud como bandera
Otra de las grandes diferencias de este Sevilla está en la juventud.
El equipo parece dispuesto a conceder protagonismo a futbolistas que todavía están construyendo su carrera. El gol de Miguel Sierra en Riazor representa perfectamente esa apuesta.
Un jugador del filial que aparece en un partido complicado y decide el encuentro.
Es difícil encontrar una fotografía mejor para explicar el momento que vive el club.
La cantera deja de ser una promesa para convertirse en una herramienta.
Y los jóvenes no llegan únicamente para completar convocatorias. Empiezan a tener oportunidades reales.
Eso aporta energía.
También riesgo.
Un equipo joven puede cometer errores que un conjunto más experimentado quizá no cometería. Puede atravesar altibajos. Puede pagar la inexperiencia en determinados escenarios.
Pero también tiene algo extraordinariamente valioso: hambre.
Y el Sevilla parece estar recuperando precisamente eso.
Nervión vuelve a empujar
Y hay un protagonista que no aparece en las alineaciones.
La grada.
El Ramón Sánchez-Pizjuán está recuperando progresivamente su papel como factor emocional del equipo. Luis García Plaza ha destacado la importancia del apoyo de la afición y la influencia que tiene sobre los jugadores.
No es casualidad.
Durante demasiado tiempo, la relación entre equipo y afición estuvo condicionada por la frustración.
Ahora empieza a producirse el proceso contrario.
El equipo corre y la grada responde.
La grada aprieta y el equipo aumenta la intensidad.
El equipo gana y la afición vuelve a creer.
Es una especie de círculo virtuoso que el Sevilla necesita conservar.
Porque el Sánchez-Pizjuán no puede ser únicamente el lugar donde se juegan los partidos.
Tiene que volver a convertirse en una parte del equipo.
Y esa comunión comienza a sentirse.
La gran diferencia: volver a creer
Quizá por eso el debate sevillista ha cambiado.
Hace unos meses la conversación estaba marcada por las dudas.
Ahora empiezan a aparecer otras preguntas.
¿Hasta dónde puede llegar este equipo?
¿Qué papel tendrán los jóvenes?
¿Cómo evolucionará el grupo?
¿Puede el Sevilla mantener este nivel competitivo?
Son preguntas diferentes.
Preguntas de un equipo que mira hacia arriba, aunque todavía no tenga derecho a prometer nada.
Porque ahí está precisamente la gran cautela que debe acompañar a este comienzo.
Seis jornadas no construyen una temporada.
Ni 13 puntos garantizan un objetivo.
Ni una victoria en San Mamés convierte automáticamente a un equipo en candidato a nada.
Ni una derrota puede desmontar un proyecto.
La Liga es demasiado larga para establecer conclusiones definitivas en septiembre.
Pero sí permite detectar tendencias.
Y la tendencia del Sevilla invita a pensar que algo se está construyendo.
El camino acaba de empezar
El Sevilla tiene ahora por delante la parte verdaderamente difícil.
Mantener.
Confirmar.
Mejorar.
Aprender de las derrotas cuando lleguen.
Y conseguir que la buena dinámica no dependa únicamente de la energía inicial de un vestuario renovado.
El calendario pondrá al equipo ante desafíos mayores. Habrá rivales que obligarán a cambiar el plan. Habrá partidos en los que el Sevilla tenga que llevar la iniciativa y otros en los que deba resistir. Habrá momentos en los que los jóvenes tendrán que demostrar que pueden sostener el nivel durante muchos meses.
Ahí estará la verdadera prueba de Luis García Plaza.
Porque construir un equipo competitivo durante seis jornadas es una cosa.
Mantenerlo durante 38 es otra completamente distinta.
Pero mientras llega ese examen, el Sevilla tiene derecho a disfrutar.
Tiene derecho a mirar la clasificación.
Tiene derecho a celebrar una victoria en Riazor.
Tiene derecho a ilusionarse con los jóvenes.
Tiene derecho a valorar el trabajo realizado en el mercado.
Y, sobre todo, tiene derecho a volver a sentir que existe un proyecto.
Un proyecto que todavía está verde.
Un proyecto que puede sufrir.
Un proyecto que necesita tiempo.
Pero un proyecto que, por primera vez en mucho tiempo, parece tener una dirección.
Y entonces aparece la sonrisa
Quizá esa sea la verdadera noticia.
No que el Sevilla sea cuarto.
No que tenga 13 puntos.
No que haya ganado cuatro de sus seis partidos.
Todo eso puede cambiar en unas semanas.
Lo que cuesta mucho más recuperar es la ilusión.
Y esa sí ha vuelto a Nervión.
Se ve en la grada.
Se percibe en los jugadores.
Se nota en la manera de competir.
Se escucha cuando el equipo termina un partido y la afición reconoce el esfuerzo.
El Sevilla todavía no sabe dónde acabará esta temporada.
Nadie lo sabe.
Y sería un error convertir este buen comienzo en una promesa de futuro.
Pero después de años en los que mirar hacia el futuro provocaba más incertidumbre que ilusión, ahora existe algo diferente.
Existe un equipo joven.
Existe un entrenador con una idea.
Existe un vestuario que empieza a sentirse como un grupo.
Existe una afición que vuelve a empujar.
Y existen resultados que permiten creer, aunque sea con prudencia.
Quizá todavía no haya motivos para lanzar las campanas al vuelo.
Pero sí los hay para volver a sonreír.
El sevillismo vuelve otra vez a sonreír.
Y esta vez lo hace sabiendo que queda casi todo por jugar.