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18 septiembre 2026

Opinión | "Recordando esa ilusión perdida"

Hubo un tiempo en el que el sevillismo se acostumbró a ganar. A competir. A disfrutar. A mirar el calendario y pensar que aquel Sevilla podía con cualquiera. Después llegó el silencio, la decepción y la sensación de que aquella ilusión se había marchado. Ahora, poco a poco, vuelve a escucharse en Nervión.


Había una manera de vivir los domingos que parecía inseparable del Sevilla Fútbol Club.

El balón comenzaba a rodar y la sensación era diferente. No importaba demasiado quién estuviera enfrente. El Sevilla competía, jugaba bien, encontraba caminos hacia la victoria y, sobre todo, hacía creer.

Durante años, Nervión se convirtió en un lugar donde ganar dejó de ser una sorpresa para convertirse casi en una costumbre.

No fue una época de un solo equipo ni de un solo entrenador. Fue algo mucho más profundo: una identidad.

Desde aquellos años en los que Unai Emery convirtió al Sevilla en un equipo reconocible, competitivo y voraz, hasta la etapa posterior de Julen Lopetegui, el club vivió una transformación que llevó al Sánchez-Pizjuán a acostumbrarse a las grandes noches. Entre 2014 y 2020 llegaron cinco Europa League y varias clasificaciones para la Champions. La sexta Europa League, conquistada en 2020 ante el Inter de Milán, fue la culminación de un ciclo extraordinario.

Pero más allá de los trofeos estaba la sensación.

La sensación de que había futbolistas capaces de cambiar un partido.

Rakitić, Banega, Jesús Navas, Reyes, Krychowiak, Vitolo, Bacca, Gameiro, Rakitic, Fernando, Ocampos, Diego Carlos, Koundé...

Nombres distintos, generaciones diferentes, pero una misma idea: jugadores que parecían entender perfectamente lo que significaba vestir aquella camiseta.

El Sevilla podía perder, naturalmente. No existe el equipo invencible. Pero incluso cuando perdía, muchas veces dejaba la impresión de haber competido.

Y eso también alimentaba la ilusión.

Cuando ganar parecía normal

El Sevilla no llegó a aquella posición de la noche a la mañana.

Fue construyendo una estructura deportiva capaz de detectar talento, ficharlo, desarrollarlo y, cuando era necesario, sustituirlo por otro jugador que mantuviera el nivel.

La temporada 2014-15 es un buen ejemplo. Después de perder a jugadores importantes, el equipo volvió a reinventarse y terminó quinto en Liga con 76 puntos, mientras conquistaba de nuevo la Europa League.

Aquello parecía una fórmula casi mágica.

Se marchaba una estrella y aparecía otra.

Se iba un entrenador y llegaba otro.

Pero el Sevilla continuaba.

Y mientras tanto, la afición aprendió a mirar hacia arriba.

Europa dejó de ser un sueño lejano. La Champions pasó a formar parte de la conversación. Las noches europeas se convirtieron en una costumbre. El Sánchez-Pizjuán adquirió una reputación propia.

El Sevilla había dejado de preguntarse si podía competir con los grandes.

Había empezado a competir con ellos.

Y entonces algo cambió

La caída no fue inmediata.

Por eso quizá resultó todavía más dolorosa.

El Sevilla continuó teniendo buenos jugadores, continuó alcanzando objetivos importantes y todavía levantó una Europa League en 2023. Pero progresivamente aquella sensación de control comenzó a desaparecer.

La temporada 2022-23 terminó con el equipo duodécimo en Liga, aunque la conquista de la Europa League volvió a demostrar la extraordinaria capacidad del club para sobrevivir y competir en su torneo fetiche. Después llegaron dos temporadas especialmente complicadas: decimocuarto en 2023-24 y decimoséptimo en 2024-25.

Ya no era aquel Sevilla que miraba hacia Europa.

Era un Sevilla que miraba hacia abajo.

Y eso cambió completamente la relación entre el equipo y su afición.

Cada partido comenzó a tener otro peso.

Un empate ya no sabía igual.

Una derrota contra un rival directo podía convertirse en un problema enorme.

Los buenos momentos eran demasiado breves y los malos demasiado largos.

La confianza se fue erosionando.

Y cuando un equipo pierde la confianza, también puede perder algo todavía más difícil de recuperar: la ilusión.

Dos o tres años demasiado largos

El problema de las últimas temporadas no puede resumirse simplemente en una mala racha.

Fue algo más profundo.

El Sevilla pasó de tener la obligación de ganar partidos importantes a tener la necesidad de sobrevivirlos.

De discutir qué posición ocuparía en Europa a discutir cómo alejarse de los puestos peligrosos.

De hablar de fichajes capaces de marcar diferencias a hablar de reconstrucción.

Y en medio de todo ello apareció una afición que, pese al desencanto, continuó acudiendo al Ramón Sánchez-Pizjuán.

Porque el sevillismo nunca dejó de estar.

Lo que había desaparecido era aquella certeza de que acudir al estadio significaba asistir a algo especial.

La ilusión había sido sustituida por la preocupación.

La esperanza, por la cautela.

Y la pregunta antes de cada partido dejó de ser "¿qué podemos conseguir?" para convertirse demasiadas veces en "¿qué puede salir mal?".

Pero el fútbol tiene memoria

Quizá por eso lo ocurrido en este comienzo de temporada tiene un significado especial.

No porque seis jornadas permitan asegurar nada.

No porque el Sevilla haya recuperado todavía el lugar que ocupó durante sus mejores años.

Sino porque vuelve a aparecer algo que llevaba demasiado tiempo escondido: la sensación de que el equipo puede volver a hacer disfrutar.

El arranque de la temporada 2026-27 ha devuelto resultados y, con ellos, una parte de la confianza perdida. Tras cinco jornadas, el Sevilla había alcanzado los diez puntos, su mejor comienzo liguero en seis años. Y después llegó Riazor.

Un 0-1 ante el Deportivo.

Un partido serio.

Un equipo ordenado.

Un Sevilla capaz de sufrir, competir y aprovechar su oportunidad.

Miguel Sierra marcó el único gol después de una jugada que comenzó con Stassin, y el conjunto sevillista terminó llevándose tres puntos de un estadio en el que el Deportivo había comenzado la temporada invicto. Con ese triunfo, el Sevilla alcanzó los 13 puntos en seis jornadas.

Quizá el resultado no tenga todavía la importancia histórica de una final europea.

Pero para el sevillismo puede significar otra cosa.

Puede significar el principio.

Volver a sentir

Hay una palabra que resume mejor que ninguna otra lo que está sucediendo: ilusión.

Porque la ilusión no es ganar un título.

La ilusión aparece mucho antes.

Aparece cuando el aficionado empieza a mirar el siguiente partido con ganas.

Cuando un jugador joven entra al campo y despierta curiosidad.

Cuando un fichaje empieza a convencer.

Cuando el equipo gana un partido difícil y, en lugar de pensar que ha sido casualidad, empiezas a pensar que quizá haya algo diferente.

Cuando vuelves a mirar la clasificación.

Cuando vuelves a hablar de fútbol el lunes.

Cuando vuelves a creer.

El cambio también se ha reflejado en Nervión. Desde la llegada de Luis García Plaza, el Sánchez-Pizjuán ha recuperado parte de su fortaleza: en sus primeros siete partidos como local bajo su dirección, el equipo consiguió cinco victorias y dos derrotas. El propio técnico ha destacado la importancia de la conexión con la afición.

Y esa conexión es fundamental.

Porque el Sevilla de sus mejores años no solamente ganaba partidos.

Hacía que su gente quisiera estar allí.

No se trata de volver al pasado

La nostalgia puede ser peligrosa.

Porque aquellos jugadores ya no están.

Emery ya no está.

Lopetegui tampoco.

Banega, Krychowiak, Gameiro, Bacca, Diego Carlos, Koundé y tantos otros forman parte de la memoria.

El Sevilla no puede recuperar aquella época exactamente como fue.

Pero sí puede recuperar aquello que la hizo especial.

La ambición.

La competitividad.

La personalidad.

La capacidad para descubrir futbolistas.

La exigencia.

Y, sobre todo, la sensación de que cada temporada puede comenzar una historia nueva.

El actual Sevilla todavía tiene mucho camino por recorrer. Incluso las informaciones recientes sobre su buen inicio recuerdan que el club mantiene problemas institucionales y económicos importantes y que el proyecto necesita consolidarse.

Pero el fútbol también se construye con pequeñas señales.

Una victoria.

Una buena actuación.

Un joven que aparece.

Un estadio que vuelve a empujar.

Un entrenador que encuentra una idea.

Una afición que empieza a creer.

La ilusión no estaba muerta

Quizá simplemente estaba esperando.

Esperando a que el equipo volviera a darle un motivo.

Durante años, el sevillismo vivió algo extraordinario y terminó acostumbrándose a ello. Ganar títulos, jugar Europa, competir con los grandes, disfrutar de futbolistas extraordinarios.

Después llegó una etapa en la que todo eso pareció quedar muy lejos.

Pero ahora, cuando el Sevilla vuelve a ganar, cuando compite, cuando encadena resultados y cuando el Sánchez-Pizjuán vuelve a sentir que su equipo puede darle una alegría, aquella vieja sensación comienza a regresar.

Todavía no sabemos hasta dónde llegará este Sevilla.

El fútbol no concede garantías.

Pero quizá tampoco hagan falta.

Porque para una afición que ha pasado demasiado tiempo mirando hacia atrás, volver a mirar hacia adelante ya es una victoria.

Durante mucho tiempo, el sevillista recordó aquella ilusión perdida.

Ahora empieza a preguntarse si, en realidad, nunca se fue.

Quizá solamente estaba esperando a que el Sevilla volviera a jugar para encontrarla.

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